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El Goce Estético Y El Enigma De La Creación Artística

El artista cuya condición poética y creativa lo coloca siempre en el exilio de sí mismo, es un ser errante al decir de Maurice Blanchot… y esto es en el sentido más grave -, el artista no pertenece a la verdad porque la obra que realiza es lo que escapa al movimiento de lo verdadero… su riesgo y su apuesta a su deseo y su pasión es… su fuerza mágica. El fenómeno estético se puede ubicar en relación a la experiencia de lo bello “lo bello en su irradiación deslumbrante, lo bello de lo cual se dijo es el resplandor de lo verdadero – y hace a su cobertura”. Abordaremos la obra de Leonardo da Vinci como uno de los paradigmas de esta pasión que quiere elevar la obra a la esencia del Arte, que busca realizar lo irrealizable… aunque en sus notas se haya encontrado esta afirmación reveladora: No hay que desear lo imposible. ¿Por qué la obra de arte se propone realizar lo imposible? Nos arriesgaremos en los oscuros laberintos de esta interrogación que ha marcado a los grandes creadores y cuyas huellas son leídas en las obras que nos han legado.

Mallarmé decía para la obra maestra que ella nos ofrecía el resplandor, la fulguración de un acontecimiento único, “momento fulminante” que hace de una obra un acontecimiento singular, que nos arranca de nosotros mismos para colocarnos frente a la oscuridad de esta presencia que escapa de nuestra comprensión y se nos presenta como enigma… pero un enigma que afirma no el material con el cual se plasma una obra y del cual partió… sino que se convierte – por la magia de la creación – en su apariencia más cercana.

Así el artista por ese camino nos revela su oscuridad pero nos conduce a la obra misma…a ese espacio no pensado donde podemos atrapar la incidencia del deseo que la anima.

Por este errar abordamos el campo de la pulsión escópica tal como lo formalizó Jacques Lacan en su formula: TU NO ME VES -objeto a- DESDE DONDE TE MIRO… aporte del psicoanálisis que se considera un hito fundamental en la historia del pensamiento y que incide sobre el campo del Arte al haber profundizado más de lo que nunca se había hecho hasta entonces en la esquizia entre la visión y la mirada donde se manifiesta la pulsión a nivel del campo escópico.

Recordemos que la pulsión es un montaje y un miedo de producción de una satisfacción que en el caso de la mirada hace al lugar de captura del goce.

Esto nos abre el camino para situar el goce estético y mostrarnos que es la mirada la que deja al sujeto en la ignorancia de lo que hay más allá de la apariencia.

En el homenaje a Marguerite Durás, Jacques Lacan decía:

“mirada es algo que se despliega a pinceladas
sobre el lienzo, para hacerlos deponer
la vuestra ante la obra del pintor”.

El tema de la mirada nos lleva al enigma de la sublimación para interrogar las paradojas del goce, la función de lo bello y el misterio del deseo.

La relación del sujeto con el deseo puede ser leída a traves del fenómeno de la anamorfosis donde se capta el privilegio de la mirada en la función del deseo, que a través de una serie de recursos organiza de un modo totalmente nuevo en la historia de la pintura el campo visual.

Jacques Lacan situó a Holbein como el pintor en cuya obra podemos captar la mirada en su función pulsátil, brillante, ostentosa , y cuyos cuadros se presentan como una verdadera trampa para la mirada o para decirlo más puntualmente, es con el recurso de la anamorfosis – esto es – que en ese cuadro fascinante que es “Los Embajadores” cuando somos captados por la vanidad de las artes y las ciencias que representan los distintos elementos, el cuadro guarda su secreto y sólo nos es entregado cuando alejándonos ligeramente de él y colocados en cierta posición surge la calavera, por esto se dice que el cuadro hace caer en la trampa al que mira y nos refleja nuestra propia nadificación en la figura de la calavera con su poder de cautivación donde la relación con el deseo, sin embargo permanece enigmática.

En el campo escópico la pincelada del pintor tiene valor de remarcar el apetito del ojo que mira proporcionando el encanto de la pintura al mismo tiempo que en ese dar – a- ver que el cuadro organiza, sosiega al ojo.

Este juego entre el ojo y la mirada puede ser abordado a través de “la aventura temeraria” que constituyen la Meninas de Velázquez, un creador situado en primer plano dentro de la época barroca que ocupa un lugar esencial en el siglo XVII y cuya pincelada, sus matices, sus juegos de luz como verdadera invención se han constituído en claves que sirvieron de punto de partida al impresionismo del siglo XIX y esencialmente porque nos plantea el enigma de un estilo cuya producción tiene la magia de meternos y atraparnos en su espacio.

El espectador se queda fascinado frente al cuadro y al mismo tiempo que somos atrapados – tal como decía Jacques lacan – bajamos la mirada como se baja el calzón, así, el pintor nos hace entrar al cuadro y nos introduce en la dialéctica del sujeto, se produce asi una invención al introducirnos dentro del cuadro, se dice que es algo que ha sido hecho ahí parece por primera vez y nunca rehecho desde entonces salvo en Magritte.

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